La vida a veces es un laberinto,
del cual queremos escapar,
para tener un destino distinto
y así tanto problema evitar.
Problemas que a diario nos aquejan,
decisiones que debemos tomar,
las cuales en nuestro actuar se reflejan
y a veces estas nos hacen dudar.
Porque no sabemos si es la correcta,
no medimos sus resultados,
nos conducimos de forma incorrecta
pensando con el hígado cuando estamos enojados.
Entre el cielo y el infierno nos sentamos,
no meditamos lo que hacemos,
soluciones prácticas encontramos,
aunque a veces herimos a quien queremos.
En esos precisos momentos
la razón no es parte de la conciencia,
cambiamos nuestros nobles sentimientos
por oscura y absurda negligencia.
Nos transformamos en seres irracionales,
no escuchamos lógica ni razón,
nos dejamos llevar por sentimientos bestiales,
nos importa poco el corazón.
Se olvida que se cosecha lo que se planta,
y que nadie es dueño del futuro,
la bilis nuestro pecho atraganta
convirtiendo en puñal aún el ideal más puro.
Se requiere más que nobles intenciones
o palabras dulces al oído,
no es necesario tomar rusticas decisiones,
cuando un actuar bien consensuado ha sido.
Claro está que existen ocasiones
en las cuales debemos actuar con firmeza,
pero en tales situaciones
no olvidemos conectar bien el cerebro a la cabeza.
Angel o demonio puede ser nuestro corazón,
dependiendo la actitud que tomemos,
si hacemos uso o no de la razón,
su resultado con el tiempo lo veremos.
Cierto es que errar es de humanos,
pero nunca debemos de olvidar
el ser sinceros y no villanos
para que nuestros actos no nos vallan a avergonzar.


